Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682)
Creó un arte centrado en el filtro de la realidad por medio de una interpretación grácil e idealizada de tos tipos naturales, con el fin de acercar al máximo las escenas religiosas al pueblo. Es el pintor de lo «bonito», lo dulce y amable, capaz de convertir las miserias de la España del siglo XVII en escenas que atraen al espectador y no lo incomodan con la realidad descarnada. Esta gracilidad se materializó en temas inspirados en figuras infantiles o de bellas mujeres, que constituyeron exquisitos modelos para sus escenas religiosas. Su estilo fue experimentando una evolución desde sus primeros trabajos tenebristas hasta desarrollar un arte maduro de gran luminosidad y figuras vaporosas.

Sus primeros cuadros, pintados para el Convento de los Franciscanos de Sevilla, muestran todavía un ambiente de oscuridad que luego irá desapareciendo paulatinamente.
Niños comiendo fruta
En esta obra (1650), una de sus primeras pinturas sobre la infancia, observamos una escena de género, donde tos protagonistas son dos golfillos que comen con avidez frutas en un ambiente sucio, inmerso todavía en las sombras del tenebrismo.

Cabe señalar que los niños, mendigos extremadamente pobres y cubiertos de harapos, no son pintados a modo de critica social, sino muy al contrario, a través del filtro de la idealización, dotándolos de una especie de gracia con la que trata de acercarlos al espectador.
Este mismo tipo infantil, pero de mayor altura moral y dignidad de presencia, lo utiliza para componer escenas religiosas, como en el Niño Jesús como pastor (1660).

Su otro tema favorito fue el de las Inmaculadas, de paños ampulosos al viento e idealizada belleza andaluza, colocadas siempre sobre un cúmulo nimboso elevado por angelillos con fondos evanescentes, como se constata en la Inmaculada del Museo de Bellas Artes de Sevilla (1650). Otra obra importante es La Sagrada Familia.


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