Michelangiolo Merisi, llamado Caravaggio (1573-1610

Procedente de Lombardía y tras formarse en Milán, conoce su apogeo como pintor en Roma desde 1592 hasta 1606, donde recibe sus primeros grandes encargos públicos, como los de la Capilla Contarelli (1599-1600), en la iglesia de San Luis de los Franceses (La vocación de San Mateo, El martirio de San Mateo y San Mateo escribiendo el Evangelio), y los de la Capilla Cerasi (1600-1601), en la iglesia de Santa María del Popolo (La conversión de San Pablo y La crucifixión de San Pedro).

Con un temperamento violento, desde 1606 a 1610 va de un lugar a otro en el sur de Italia, donde muere sólo diez años después de haber sido reconocido en el mundo artístico. Pero, a pesar de una carrera tan breve y de una vida tan complicada, su influencia en la pintura tiene mucho mayor alcance que la de su coetáneo Carracci, igual que más tarde sucede con Borromini respecto a Bernini, pues se opone al Manierismo de una manera tan radical que le lleva a romper con el arte oficial de su tiempo y a proponer un nuevo camino basado exclusivamente en el realismo.

Con el término realismo se designa un arte inspirado en la realidad que captamos con los sentidos en contraposición con lo ideal, que sólo existe en nuestra imaginación. La búsqueda consciente de lo real comienza en la pintura ya en el siglo XV, cuando los pintores italianos y flamencos hacen del cuadro un espejo del mundo visible, aunque con procedimientos diferentes. A partir de Masaccio la exactitud científica es posible con la perspectiva lineal, mientras que con Jan van Eyck basta la observación empírica para reproducir todo cuanto vemos con sus calidades materiales. Por tanto, ya desde entonces y durante los dos siglos siguientes lo real se entiende de diferente modo en Italia, donde se idealiza, y en Flandes, donde se vincula directamente a lo cotidiano.

Cuando en la Italia de finales del siglo XVI y principios del XVII Caravaggio persigue la realidad, lo hace de una manera original que entronca directamente con las corrientes espirituales de su época, entre ellas la de San Ignacio de Loyola, que insiste en la presencia de Dios en el mundo, donde el hombre puede estar en íntima comunicación con él a través de sus sentidos y ejercitando la caridad para preparar el camino a la muerte, que es el destino final.

A partir de estos referentes, el realismo de Caravaggio consiste en ser sincero, lo que implica rechazar las convenciones y fijarse en el acontecimiento inmediato, lo que ocurre aquí y ahora, acercando los hechos directamente al espectador. No le interesa el pasado clásico, que para otros fue mejor, sino el presente, ni le preocupa la belleza que se extrae de lo ideal, pues sólo se fija en lo terrenal, con todas sus imperfecciones. Esto explica que dé la misma importancia al objeto que a la figura humana, como demuestra al desarrollar la pintura religiosa y la naturaleza muerta.

La naturaleza muerta surge a finales del siglo XVI y conoce su auge en los siglos XVII y XVIII para después decaer hasta los últimos años del siglo XIX. Consiste en representar objetos o seres inertes, que pueden ir o no acompañados de figuras humanas, recibiendo el nombre de bodegón cuando se relacionan con la comida. Caravaggio pinta bodegones solos (Cesto de frutas) o con medias figuras cortadas por el borde de una mesa llena de objetos que destacan por sus texturas (Baco). Así él inicia la naturaleza muerta del Barroco y, por tanto, impulsa este género que, por su apego a lo material, sólo tiene cabida en la tendencia realista del siglo XVII, ya que la clasicista lo considera indigno frente a la pintura de historia.

La misma orientación posee su pintura religiosa, donde todos los personajes, también los sagrados, pertenecen a lo cotidiano, hasta el punto de prescindir incluso del nimbo que los ennoblece o de pintarlos con los pies descalzos y sucios. Sus gestos violentos, con escorzos muy atrevidos en espacios demasiado angostos donde todo se resuelve en el primer plano, se dirigen directamente hacia el espectador, con lo que éste se incorpora a la obra. Por tanto, Caravaggio rompe con la iconografía tradicional de la Iglesia y así provoca que ésta rechace algunas de sus obras (La muerte de la Virgen).

Para llevar a cabo su peculiar realismo Caravaggio aplica la técnica tenebrista, que, ya usada en el siglo XVI, por ejemplo por el Greco y Tintoretto, consiste en contraponer violentamente la luz y la sombra sobre un fondo neutro. La novedad ahora es que la luz, de origen desconocido, proviene de un punto situado fuera del lienzo y entra en éste oblicuamente desde arriba para resaltar los puntos de máximo interés y dejar otros en la penumbra, lo que contribuye a dar relieve y, por tanto, mayor apariencia real a diferencia de los pintores manieristas.

El efecto es muy teatral, pues la luz actúa a modo de proyector, es decir, se añade a la escena desde fuera para destacar las formas dentro de la oscuridad reinante. En sus inicios Caravaggio pinta con colores cálidos y fondos paisajísticos (Descanso en la huida a Egipto), pero después sus escenas sólo se desarrollan en interiores, con la zona inferior ocupada por las figuras y los objetos, mientras que la superior permanece oscura y casi vacía, al tiempo que su gama cromática se limita. Con todo ello, su luz adquiere un sentido simbólico que se refiere a Cristo (luz divina), que en un instante nos deja ver lo que ocurre, que no es otra cosa que un hecho milagroso que irrumpe en la vida diaria protagonizada por los más sencillos (Cena en Emaús).

La pintura de Caravaggio desagradaba al alto credo, partidario del estilo de los Carracci, quienes inspirándose en los grandes maestros lograron un arte ecléctico, de carácter ornamental, lleno de actitudes nobles y grandilocuentes.


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