El cisterciense no es el único, pero sí el fenómeno más sugestivo de la transición de los siglos XII al XIII. Surge en Borgoña.

En los inicios del siglo XII el benedictino san Bernardo repudió todo género de riquezas monacales, incluidas las dedicadas al templo; dicta reglas en su constitución, Carta de la Caridad, de 1119. Predica la supresión de toda decoración e iconografía mural, y de los cimborrios y girolas. La auténtica arquitectura cisterciense, bernarda o de los monjes blancos, es sobria en extremo: utiliza el arco apuntado; por razones de economía o por espíritu de pobreza, prefiere cabeceras planas aunque se construyeran cabeceras semicirculares y girolas.

En un principio se pensó que bastarian humildes capillas, pero el inmediato y notable auge de las comunidades reformadas obligó a aumentar la dimensión de los templos. A medida que avanza el tiempo, el espíritu de austeridad se va perdiendo, ganando en riqueza los templos y monasterios bernardos: Cîteaux, Clairvaux, Pontigny, Fontenay, Vaucelles, Flaban, Fontfroide, en Francia; Alcobaça, en Portugal, Poblet y Santes Creus en España.


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